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13.12.09

Banham y la estética del colectivo porteño

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Al visitar Buenos Aires a fines de los años '60, el crítico inglés Reyner Banham quedó deslumbrado por las figuras y firuletes que ostentaban los colectivos, aquellos "Bus Pop" a los que luego se referiría en un artículo a ser subsecuentemente publicado en Londres. "Las libreas de los colectivos constituyen una de las más importantes expresiones del pop art, y son la contribución argentina más original al escenario artístico mundial", expresaba por aquel entonces.[1]

Banham definía al colectivo como un elefante en la jungla de Buenos Aires. Y considerando la condición rotundamente marginal del filete porteño en la cultura de esa época, notaba que "el colectivo vive [...] en su jungla suburbana y los fileteadores también, en su limbo cultural;" para finalmente agregar que "este pop subterráneo es mucho más vital y gratificante que el institucionalizado e imitativo pop de la galería del Instituto Di Tella, especie de Nash House en Buenos Aires" (1968).[2]

Con su cuadrícula de los tiempos de la Aldea Grande, Buenos Aires difícilmente era jungla ninguna. Urbanísticamente, si algo podía haberse llamado entonces "jungla" eso precisamente era Londres, notoria siempre por su tejido medieval laberíntico y enmarañado. Y otro tanto podría agregarse acerca de su tránsito, mas baste aquí con indicar que Banham por lo visto tendía a confundir Buenos Aires con Jakarta.

Polémica, la apreciación de Banham bien pudo haber tenido su razón de ser en el famoso "divide y reinarás" colonialista. Asunto de blanco o negro, su generalización es evidentemente maniqueísta. Por supuesto, algunos de los filetes pintados en los medios de transporte urbano fueron supinamente ponderables, pero se debe reconocer que tampoco faltaban los desagradables, los repetitivos y los mediocres.

Respecto a los artistas argentinos, conviene recordar que muchos de ellos tuvieron que abrirse paso a pulmón y a menudo a los tumbos. En tales circunstancias, respetable fue el estímulo que oportunamente les brindó el Instituto Torcuato Di Tella.

Sí, es verdad, en ese tiempo había quienes estaban fascinados con el arte extranjero. Pero en lo que concierne a Inglaterra, el interés era por la música de los Beatles, ya que la plástica pop insular prácticamente no tuvo casi trascendencia en la Argentina. En otras, no es necesario forzar nada, ya que ningún pintor del POP inglés tuvo el impacto de americanos tales como Roy Lichtenstein o Andy Warhol.

Pese a lo expresado por Banham, Revuélquese y viva, por dar un ejemplo, fue un memorable emprendimiento de Marta Minujín en Buenos Aires (1964). Verdaderamente creativa, la escultora contó con el oportuno auspio de ese Instituto al que Banham, haciendo gala de su típica flema insular y crítica, no dudó en descalificar.[3]

Bueno es indicar aquí que al ponderar al filete porteño, el crítico de arquitectura Reyner Banham demostró por otra parte ser un inconsecuente en lo que concierne a su Teoría y diseño en la primera era de la máquina, aridísimo texto que otrora le dedicó a la estética purista y su imaginaria Solución Final para el Problema del Ornato Aplicado.[4]

Mariano Akerman
Islamabad, 13 de diciembre de 2009


Obra maestra del filete porteño
León Untroib, Mi Buenos Aires Querido, 1986


Notas
1. "Oficios: el fileteador," Patrimonio, Gobierno de la Ciudad de Buenos Aires, 2004 (Catalina Pantuso, “El fileteado: un estilo porteño para la imagen ciudadana,” Soles Digital, Buenos Aires, 27.5.2005; Diario El Vigía, Avellaneda, accedido 30.11.2009).
2. Ibid.
3. Jorge López Anaya, Historia del arte argentino, Buenos Aires: Emecé, 1998, pp. 295ff. En 1964, Minujín fue invitada al Premio Nacional Di Tella, centro de referencia de los artistas de la época, donde expuso Eróticos en technicolor y Revuélquese y viva. En la segunda obra los espectadores debían ingresar en una tienda de tela, goma pluma y madera, repleta de colchones multicolores, para echarse luego en una especie de cama y dar vueltas para cumplir así con el propósito explícito de la artista: "unir arte y vida" (Wikipedia).
4. Peter Reyner Banham, Theory and Design in the First Machine Age, Londres: The Architectural Press, 1960. En su libro Banham se ocupa, entre otras, de "Adolf Loos y el Problema del Ornamento" (Adolf Loos and the problem of ornament, pp. 88ff).

Imágenes. 1. Dragón oriental bípedo y otros ornamentos fileteados en el lateral de un colectivo porteño, Buenos Aires, Argentina (Ana Costia, "Colectivos antiguos de Buenos Aires," La dimensión argentina, 1.10.2009); 2. Antiguo colectivo de la línea 109 (1928), fileteado antes de ser aplicadas las restricciones de 1975 (María Paz Aizpurúa, "Los viejos colectivos porteños vuelven a Puerto Madero," La Nación, 15.1.2005); 3. Ford doble A Fileteado, 1931 (Roberto Fiadone, Wikipedia); 4. Lennon y su Rolls Royce fileteado, 1965 (Internet); 5. Marta Minujín; 6. Fileteado especialmente para John Lennon: Rolls Royce Phantom V, con teléfono, televisión y heladera incorporados (Goodwood Festival of Speed 2004).

12.12.09

Porteño el Filete

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Característica de la obra del pintor francés Henri Rousseau (1844-1910) es la idea de ingenuidad. Pero eso no quiere decir en lo absoluto que Rousseau haya sido un ingenuo, sino que el tipo de pintura de desarrolló fue una pintura con una frescura y candidez que era desconocida por todos aquellos pintores que se habían formado en las academias de arte. Entre estos últimos cabe mencionar a Pablo Picasso, quien no dudó en introducir la espontaneidad del arte de Rousseau en el ámbito artístico de principios del siglo XX. Tal espontaneidad puede verse por ejemplo en el Autorretrato de Rousseau de 1890 (Galería Nacional, Praga).

Siguiendo la línea de Paul Gauguin, Picasso siempre se interesó por lo auténtico. Valoraba la expresividad del así-llamado arte primitivo, al que hoy no estaría fuera de lugar llamarlo arte no contaminado. En efecto, a principios del siglo XX las máscaras africanas se encontraban aún en su estado natural, exentas de las influencias europeas. Era ese estado el que le interesaba a Picasso, quien detectaba que la pintura de Rousseau era ingenua en el mejor sentido de la palabra: era el de Rousseau un arte puro. Dicho en otras palabras, libre de la tiranía de la Acedemia de Bellas Artes, libre de sus interminables reproches, libre de sus convencionalismos.

Libre.

Y es precisamente en este sentido que los trabajos de Carlos Santos son libres.

Con obra en Suiza, premiado por la ciudad de Toulouse (Francia) y habiendo dictado cursos para la Bemidji State University de Minnesota (Estados Unidos), Carlos Santos expone acualmente su obra en la Ciudad de Buenos Aires.

Santos se dedica al fileteado, un arte popular inicialmente ejecutado por inmigrantes europeos para decorar los carros que transportaban sustancias alimenticias y otras mercaderías por toda la ciudad de Buenos Aires.

Claro que a diferencia de las máscaras africanas o la imaginería de Rousseau, el filete porteño resulta innegablemente del encuentro de lo autóctono con aquellas “especias” que le aportaron los inmigrantes. Es el filete criollo por lo tanto un asunto que combina ingredientes de origen variopinto y que se halla no exento de cierto eclecticismo y picardía.

La obra de Carlos Santos presenta varios de los elementos típicos del filete criollo. Ante todo Santos recurre al ornato y sus volteretas. Emplea además hojas de acanto estilizadas. Cultiva con esmero el firulete. Incorpora cornucopias. Y se deleita pintando flores, pajaritos, dragones, cintas patrias, perlas, botones y lágrimas.

La composición simétrica es una constante en su caso.

Algunas veces los colores son vivos e intensos. Otras, tienden a apagarse en una especie de atardecer de los matices.

No hay filete porteño sin tango. Y la imaginería de Santos no carece de parejas que lo bailen.



La nostalgia a veces se asoma a la pintura de Santos, con su evocación del partido de fútbol en el potrero o la barca de pescador en el paisaje costero.



Pero Santos no se queda sólo en asuntos bonaerenses. Cuando hace falta pinta también los glaciares patagónicos o la selva mesopotámica.





A diferencia de lo que ocurre con la obra de la mayoría de los fileteadores, barcos son abundantes en las pinturas de Santos. Aparentemente no es el ruido de la ciudad ni la inmensidad del campo su tema inspirador, sino la exploración desde el navío. Y si Santos pinta barcos eso es porque a través de ellos le es posible soñar, incluso estando despierto.



Son los de Santos el barco del descubridor, el del inmigrante y el del trabajador.

La pintura de Carlos Santos es heredera de la estética libre de Henri Rousseau y su quehacer lo introduce como el Quinquela Martín del Filete Porteño.

Mariano Akerman



Las pinturas de Santos son reproducidas en la presente nota con el previo acuerdo del fileteador. Sitio personal de Carlos Santos.